miércoles, 16 de agosto de 2017

Es muss sein


A Lombardo "ojos de océano"


Ahora comprendo que el distanciamiento no lo causó mi fatal descuido ni mi absurda diversión sino la premura por entregarse plenamente a la soledad y la escritura. La necesidad de testimoniar su paso por el mundo se aceleraba en tanto la cronicidad de su enfermedad le recordaba su finitiud. 

Yo, enamorada de aquella frase de Octavio Paz: la vida no es de nadie, todos somos la vida, subestimé la fuerza con la que el destino, que a cada cual le es propio, emite su llamado; creí en la ilusión de lo duradero y en mis ganas de compartir la vida. La confianza que tengo en la verdadera comunicación, cuando es de persona a persona, me hacía desear profundizar más en nuestra relación: en la relación interindividual. 

Él, con envidiable y a la vez aprendible amor propio, sabiendo con certeza -quizá engañosa- cuándo es suficiente, repetía la misma acción que le perseguía desde siempre: distanciarse de la mujer que lo ama por un indescifrable pero intuitivo motivo. Poder decir adiós es crecer; no es soberbia, es amor, dice Cerati en la canción "Adiós"; canción que constantemente él reproducía como si fuese una advertencia; como una especie de inquebrantable destino. 

Sabiéndose enfermo y breve, más breve que la gran mayoría, encontraba en la idea de la muerte su impulso vital. El miedo, el dolor físico y la inquietud mental que conlleva la enfermedad es intransferible e inimaginable para los demás, no por ello es menos compartible. Abracé su enfermedad deseando con tanta fuerza su recuperación... le abracé tan fuerte que no quería soltarle. Su obsesión con la muerte se volvió mi obsesión, adquirí una manía por leer sobre riñones e insuficiencia renal. Deseé ser compatible con su tipo de sangre para donarle un riñón. La idea de finitud jamás tuvo tanto peso en mi vida como cuando estuve con él. "Nos identificamos de tal manera con las personas con quienes mantenemos una relación importante, que sus experiencias pueden convertirse en nuestras propias experiencias", afirma el sociólogo alemán Hans Joas. 

Le recuerdo enamorado de la poesía de Pessoa, la filosofía de Unamuno, la literatura de los rusos Andréiev y Gorki, el nihilismo de Nietzsche, la vida y obra de Richard Dadd -aquel pintor del que habla Octavio Paz en El mono gramático-. Salta a mi mente su silueta tocando el piano, moviendo la cabeza a manera de negación pues llevaba un buen tiempo sin practicar, me hablaba de sus planes: también quería dedicar una fracción de su vida a pulir su técnica en el piano. Le recuerdo seducido por la música, compartiéndome a Satie, a Stockhausen, a Bartok, reggae, ska, música japonesa... le recuerdo caminando, recorriendo largas distancias a pie. Le recuerdo despreciando a los pensadores que reducen el peso de la acción individual para fijar su atención en la acción colectiva que constriñe, porque era un ferviente defensor de la libertad individual. Coincidía con el anarquismo aunque le parecía irrealizable. Nos recuerdo leyendo cuentos de Kafka, poemas de Rosario Castellanos, hablando de la locura y los miedos, la pobreza, las clases sociales, la marginación, debatiendo el papel del Estado, la globalización, las relaciones de poder, el feminismo... nos recuerdo enamorados, tontos, bestiales, frescos, amables. Invoco nuestra relación epistolar y un silencio cómodo me arropa.  

Hoy más que nunca y con nostalgia resuena uno de mis poemas favoritos: Desde entonces, de José Emilio Pacheco: "ausencia, olvido, desamor, lejanía y nunca más, nunca, nunca, nunca" se lee en las últimas líneas. Tenía que ser, es muss sein. Nos separamos y él continúo cumpliendo su obra de la vida para después reunirse con su obsesión (la muerte), se acunó en los brazos de la oscuridad y ahora germina en el corazón de los que le conocieron.  Es la experiencia misma la que se encarga de enseñarnos que "lo que creíamos permanente demostrará que es solo fugitivo. Una y otra vez, lo que imaginamos repetible, no tuvo lugar nunca más", escribe Fuentes. Quedará el recuerdo, la ausencia, quedará el nunca más, quedarán sus ojos de océano en mi memoria. Sin titubeos suelto un agradecimiento profundo desde mi rojo corazón por haberle conocido y por soñar despierta a su lado. Con amor le digo buen viaje, caminante  




lunes, 5 de junio de 2017

Fijación marina


Digamos que no tiene comienzo el mar:
empieza en donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes.
J.E.P.



El mar comenzó para mí en un viaje a la Perla del Pacífico (como solía llamársele): Acapulco. Si bien, mi primer acercamiento con el mar fue cuando aún era una bebé, es algo que no está en mis recuerdos; solo una foto ofrece testimonio de ello. Por lo tanto, no puedo asegurar que mi mar comenzó en esa etapa de mi vida. No y no. Fue en Acapulco, yo tenía 11 años. Mi hermano menor y yo preguntábamos insistentemente a mi padre en qué momento aparecería el mar. Cada vuelta pronunciada de la carretera prometía ser la indicada para ofrecernos la vista deseada. La espera fue larga, pero finalmente parte de la bahía se nos mostró. 
Ahí estaba, azul ultramar, inagotable, apaciguado a simple vista, tan fresco, con tanta vida, otro mundo: el mar. Guardamos silencio ante aquel espectáculo: solo lo extraordinario trasciende a las palabras. El contacto con el mar fue breve acaso cuatro días. Sin embargo, un amor marino me arropó siguiéndome desde entonces.
Ahora, con el transcurrir de la vida, mis reencuentros con el mar son siempre distintos, siempre exquisitos. Me he sumergido en el frío Mediterráneo, en el turquesa Caribe, en el agitado Atlántico, en el cálido Pacífico. He visto criaturas marinas magnificas, coloridas, agresivas, nobles, suaves, puntiagudas. He vivido el miedo y el asombro que provoca el mar agitado, ENORME, queriendo hundir en sus profundidades cualquier barca minúscula que se aventure a cruzarlo. He tenido encima de mí olas enérgicas que parecen de concreto. He tragado tanta agua salada...
La brisa, el aroma y el sonido son inigualables cuando se trata del mar.
Nadar y nadar sintiendo la levedad del cuerpo, la densidad del agua salada, el movimiento de la marea. Nadar y nadar sabiendo que hay ecosistemas de toda índole bajo tus pies. Nadar en el mar, es sin duda, para mí, un placer incomparable.



viernes, 7 de abril de 2017

Biofilia

Una noche cualquiera, silenciosa, negra, insípida, un miedo profundo se sentó a mi lado. Yo dormía, o fingía que lo hacía. Acarició mi piel, sus manos eran hielo y yo sudaba frío. Le reconocí enseguida: era el temor de saberme enferma y la incertidumbre que esto trae a mis días. Permanecí en silencio, alterada, pero en silencio, aguardando su partida; porque si algo he aprendido en este sencillo caminar es que nada permanece: muta, se mueve. Aquel miedo se disipó entre respiraciones y el no-pensar: entre el aquí y el ahora. Entonces, la reflexión llegó:   

No hay garantías, el mañana no existe, es solo una ilusión. Y, sin embargo, hay tantos verbos que reclaman energía: observar, oler, sentir, cantar, llorar, contar, abrazar, leer, pintar, nadar, escuchar. Llenar los ojos de soles y lunas, habitar una fracción de segundo en multiversos de años luz: hay tanta vida en la idea de muerte aunque constantemente estemos viviendo la muerte: los días fallecen para dar entrada a la noche, las noches acaecen para dar espacio al día, nuestras ideas también mueren, se quedan en el camino, y adoptamos posturas distintas.
Nada es fácil, nada es difícil. No hay un solo camino: hay caminos; no hay un método: hay métodos. Crucial es no perder el espíritu de caminante. El brío de confianza hacia la vida. Todos los días son el día. Debemos entregarnos a la naturaleza del vaivén de los sueños, las esperanzas, las contradicciones, la enfermedad…

En estos momentos, no puedo quedarme inmóvil ante la página en blanco, debo creer que puede ser escrita de diversas maneras: a modo de ensayo literario, en cursiva, con tinta roja o negra, o acaso de colores. En horizontal o vertical, escribir drama, o quizá solo hacer un dibujo a carboncillo. Mi espiritualidad se manifiesta más que en otras épocas: me advierte que el camino andado no ha sido en vano. Que la sanación requiere paciencia: la elección que he tomado merece la vida porque, a cada paso, en cada inhalar y exhalar, en mis días de meditación, en el amor que se ensancha por nosotros-todos, estoy eligiendo vivir.



miércoles, 22 de marzo de 2017

SUN


martes a las 10



Bola de fuego,
tan lejana y poderosa,
con un calor pasado. 
La veo desde aquí, desde la ventanilla trasera 
del pesado vehículo de cuatro ruedas y un motor. 
Es el astro rey, el que no se deja ver. 
Miro, y adivino un perfecto círculo amarillo vibrante, 
que me causa ceguera temporal si mi vista aferro a él. 
Cierro los ojos para sobrellevar la ceguera temporal 
y formas extrañas de colores diversos saltan a la mente
volviéndose locas. 
Es el resultado de haber mirado tanto. 
Mis letras no tienen la fuerza y belleza que tiene él. 
Me quedo tan escasa ante el Sol... 
Hoy me sitúo en el limite de mis propias palabras. 
Entonces, prefiero seguir llenándome de su luz
y dejar que otra de mis capacidades pueda aprehenderlo mejor. 
Para dedicarle un par de suspiros más. 
Esta vez, y por ahora, la palabra se ha quedado corta. 






martes, 14 de febrero de 2017

La Exposición




-Hola a todas. Antes de hacer la debida y merecida presentación de esta excepcional mujer, creadora de lo que a continuación experimentarán, quiero agradecer la puntual y atrevida asistencia de todas ustedes. Sé que les causa un poco de confusión y tal vez desconfianza el evento pero debo decirles que no se arrepentirán de lo que a continuación van a saborear. 

Recuerdo perfectamente las palabras de aquella mujer anunciando el inicio de un suceso extraordinario, uno que cambiaría nuestras vidas: que cambió la mía. Yo escuchaba con atención y cautela. Mis manos eran agua, me sentía nerviosa, incómoda, insegura…la imagen de unas diez mujeres reunidas en una habitación, con vestido blanco, descalzas, esperando el comienzo algo desconocido era desagradable para mí. 

Una semana anterior al evento, Sofía recibió un sobre con dos boletos para asistir a La Exposición –como se le nombró–. Se leía en la invitación: boletos personales e intransferibles. Detrás de cada uno, una serie de requisitos para poder acceder al lugar: cabello recogido, vestido blanco, no aretes, no calzado, no collares, no anillos, no pulseras, no celulares, no cámaras, no miedo… ¿No miedo? En cuanto leí aquello, comencé a tenerlo. 

– ¿Qué clase de invitación es esta? No pensarás ser parte del experimento, ¿cierto? –Le pregunté a Sofía. 

–Resulta, querida, que formamos parte de la lista de invitadas porque yo así lo pedí. No puedes negarte, prometiste compartir conmigo el fin de semana. –Me miró fijamente, con esa mirada tan suya que desempolva a cualquier espíritu timorato como el mío. Imposible agacharla ante aquellos ojos locos.

En comparación a Sofía, me considero una mujer tranquila, más de lo que la palabra invita a pensar. No suelo actuar de manera improvisada ni mucho menos arriesgada. Certezas, me guío por certezas frías y calculadas. Pero a veces la vida nos coloca en lugares inciertos: de pronto nos encontramos compartiendo camino con personas que invitan a la acción, personas de entusiasmo frenético quienes nos hacen padecer la exaltación de vivir a un ritmo diferente. Bastó un cálido beso de mi amada para comprender que ya estaba de nuevo en aquel arrebato, en el remolino vivo de decisiones y eventos. Sofía sabía acariciar mi alma, sabía persuadirme y yo, con mi corazón acartonado, me deshacía ante ella. 

Llegó el fin de semana y con éste el evento al que yo nunca hubiese ido de no haber sido por Sofía, mi bella Sofía. 

-Sepan todas que Rouge, la artista inigualable, ha estado trabajando toda su vida en esta su obra, su primera y última obra. Porque para ella, la génesis y la consumación siempre son presente, siempre están sucediendo. Ustedes vivirán su propio nacimiento y su propia muerte en esta su magna obra. Ella les estará observando y ustedes a ella a través de su creación artística. No es necesario que la vean fisicamente, siempre hay otras formas de conocer. 

La mujer presentadora exaltó por varios minutos las cualidades de Rouge a la que nunca vimos en persona. Habló de la formación académica de la artista y demás datos mínimos sobre su vida. Pronto se retiró agradeciendo nuestra participación. 

La habitación se sentía fresca, tenía un olor agradable, las paredes eran blancas, el suelo y el techo también lo eran. Todas permanecíamos en silencio en espera de lo incierto, de aquello que no puede esbozar en tu mente porque se encuentra oculto e indescifrable. Sofía tomó mi mano y frotando sus dedos con los míos me tranquilizaba. La espera duró unos segundos. Pronto, de una pequeña cavidad en la pared se escuchó la voz de la experimental artista diciendo: vuélvanse locas y disfrútenlo, queridas. Se apagaron las luces y se disparó un sonido sumamente agudo, como un alfiler entrando por los oídos. Inmediatamente  un sabor amargo me invadió la boca, sentí ganas de vomitar y...ahí comenzó todo. 

Cuerpos celestes eran las mujeres que compartían la habitación conmigo. Podía verlas a todas, yo era consciente de las imágenes: sus rostros, sus vestidos blancos. Pero la piel de todas ellas incluyendo la mía se tornó multicolor: estrellas y galaxias. La habitación de pronto se convirtió en el universo mismo. Ya no había paredes, ni suelo, ni techo, parecía como si estuviésemos suspendidas en la nada. Me acerqué a Sofía para saber lo que ella estaba percibiendo y ella casi susurrando me dijo "somos presente". 

Supe que veía lo mismo que yo. Juntamos nuestros labios y una explosión estelar nos separó. Salieron más astros de nuestros cuerpos, luminosos, vivos. Era tanta energía que percibí en esa habitación que no pude con ella. Súbitamente, un calor, a punto de ebullición, se clavó en mi nuca. Comencé a sentir miedo, angustia, desesperación. Ya no quería estar ahí; sentí que el efecto ya había durado demasiado. Sin embargo, mi cuerpo continuaba explotando en luces de colores, aquello se convirtió en algo imposible de disfrutar. Las mujeres reían, escuchaba su alegría y me parecía perverso: risas desbordadas que no ya compartía. Como pude, me senté en el suelo aunque tuve la sensación de estar sentada en el vacío pues no percibía las dimensiones; y cerrando los ojos para no ver más aquel espectáculo con pretensión de ser el Big Bang moderno, me lamenté... 

“Oh, Sofía, por qué decidiste traerme, por qué tienes esa capacidad de convencimiento, por qué me vuelvo tan débil a tu lado…” -movía mi cabeza de un lado a otro en un absurdo intento por disipar la droga sonora. 

Me percibía fuera de mí, más allá, lejos, inalcanzable, viví mi génesis y después mi consumación (la artista lo había logrado, su experimento había funcionado). Me estaba yendo de este mundo, apagando de la llamada realidad, me despedía de esta vida a la que nos aferramos con tanto capricho, como si fuésemos la gran cosa. Era un sentimiento de desesperanza, una sensación de no estar en ningún lado, de no formar parte nada, de sentir que me hundía en el vacío y nada ni nadie haría algo por mí. De lo ocurrido después, recuerdo poco. 

Ahora, el efecto Big Bang no me abandona. He tomado toda clase de medicamentos, me han hecho toda suerte de estudios. Tal parece que no hay cura para las mentes que han explotado, para la mentes que han padecido el abandono de sí mismas, tal parece que me he quedado suspendida en el experimento. Continúo viendo universos. Permanezco en un estado de indiferencia, me encuentro en esa ilusoria línea entre la génesis y la consumación; entre la realidad y la metáfora. Sofía, Marta, Viviana, Jana, Carmen, Paulina: todas me parecen iguales, polvo de estrellas. Soy incapaz de observar las particularidades. 

Me pregunto si a caso algún día volveré a ser quien fui. Si mi mente dejará de proyectar esas imágenes tan fuera de este mundo. Cierro los ojos para no tener que verlo Todo, me parece que ciertas maravillas deberían administrarse en pequeñas y controladas dosis. Lo inconmensurable debería estar reservado para la muerte, solo así podría soportarse.