viernes, 7 de abril de 2017

Biofilia

Una noche cualquiera, silenciosa, negra, insípida, un miedo profundo se sentó a mi lado. Yo dormía, o fingía que lo hacía. Acarició mi piel, sus manos eran hielo y yo sudaba frío. Le reconocí enseguida: era el temor de saberme enferma y la incertidumbre que esto trae a mis días. Permanecí en silencio, alterada, pero en silencio, aguardando su partida; porque si algo he aprendido en este sencillo caminar es que nada permanece: muta, se mueve. Aquel miedo se disipó entre respiraciones y el no-pensar: entre el aquí y el ahora. Entonces, la reflexión llegó:   

No hay garantías, el mañana no existe, es solo una ilusión. Y, sin embargo, hay tantos verbos que reclaman energía: observar, oler, sentir, cantar, llorar, contar, abrazar, leer, pintar, nadar, escuchar. Llenar los ojos de soles y lunas, habitar una fracción de segundo en multiversos de años luz: hay tanta vida en la idea de muerte aunque constantemente estemos viviendo la muerte: los días fallecen para dar entrada a la noche, las noches acaecen para dar espacio al día, nuestras ideas también mueren, se quedan en el camino, y adoptamos posturas distintas.
Nada es fácil, nada es difícil. No hay un solo camino: hay caminos; no hay un método: hay métodos. Crucial es no perder el espíritu de caminante. El brío de confianza hacia la vida. Todos los días son el día. Debemos entregarnos a la naturaleza del vaivén de los sueños, las esperanzas, las contradicciones, la enfermedad…

En estos momentos, no puedo quedarme inmóvil ante la página en blanco, debo creer que puede ser escrita de diversas maneras: a modo de ensayo literario, en cursiva, con tinta roja o negra, o acaso de colores. En horizontal o vertical, escribir drama, o quizá solo hacer un dibujo a carboncillo. Mi espiritualidad se manifiesta más que en otras épocas: me advierte que el camino andado no ha sido en vano. Que la sanación requiere paciencia: la elección que he tomado merece la vida porque, a cada paso, en cada inhalar y exhalar, en mis días de meditación, en el amor que se ensancha por nosotros-todos, estoy eligiendo vivir.

miércoles, 22 de marzo de 2017

SUN


martes a las 10



Bola de fuego,
tan lejana y poderosa,
con un calor pasado. 
La veo desde aquí, desde la ventanilla trasera 
del pesado vehículo de cuatro ruedas y un motor. 
Es el astro rey, el que no se deja ver. 
Miro, y adivino un perfecto círculo amarillo vibrante, 
que me causa ceguera temporal si mi vista aferro a él. 
Cierro los ojos para sobrellevar la ceguera temporal 
y formas extrañas de colores diversos saltan a la mente
volviéndose locas. 
Es el resultado de haber mirado tanto. 
Mis letras no tienen la fuerza y belleza que tiene él. 
Me quedo tan escasa ante el Sol... 
Hoy me sitúo en el limite de mis propias palabras. 
Entonces, prefiero seguir llenándome de su luz
y dejar que otra de mis capacidades pueda aprehenderlo mejor. 
Para dedicarle un par de suspiros más. 
Esta vez, y por ahora, la palabra se ha quedado corta. 


martes, 14 de febrero de 2017

La Exposición




-Hola a todas. Antes de hacer la debida y merecida presentación de esta excepcional mujer, creadora de lo que a continuación experimentarán, quiero agradecer la puntual y atrevida asistencia de todas ustedes. Sé que les causa un poco de confusión y tal vez desconfianza el evento pero debo decirles que no se arrepentirán de lo que a continuación van a saborear. 

Recuerdo perfectamente las palabras de aquella mujer anunciando el inicio de un suceso extraordinario, uno que cambiaría nuestras vidas: que cambió la mía. Yo escuchaba con atención y cautela. Mis manos eran agua, me sentía nerviosa, incómoda, insegura…la imagen de unas diez mujeres reunidas en una habitación, con vestido blanco, descalzas, esperando el comienzo algo desconocido era desagradable para mí. 

Una semana anterior al evento, Sofía recibió un sobre con dos boletos para asistir a La Exposición –como se le nombró–. Se leía en la invitación: boletos personales e intransferibles. Detrás de cada uno, una serie de requisitos para poder acceder al lugar: cabello recogido, vestido blanco, no aretes, no calzado, no collares, no anillos, no pulseras, no celulares, no cámaras, no miedo… ¿No miedo? En cuanto leí aquello, comencé a tenerlo. 

– ¿Qué clase de invitación es esta? No pensarás ser parte del experimento, ¿cierto? –Le pregunté a Sofía. 

–Resulta, querida, que formamos parte de la lista de invitadas porque yo así lo pedí. No puedes negarte, prometiste compartir conmigo el fin de semana. –Me miró fijamente, con esa mirada tan suya que desempolva a cualquier espíritu timorato como el mío. Imposible agacharla ante aquellos ojos locos.

En comparación a Sofía, me considero una mujer tranquila, más de lo que la palabra invita a pensar. No suelo actuar de manera improvisada ni mucho menos arriesgada. Certezas, me guío por certezas frías y calculadas. Pero a veces la vida nos coloca en lugares inciertos: de pronto nos encontramos compartiendo camino con personas que invitan a la acción, personas de entusiasmo frenético quienes nos hacen padecer la exaltación de vivir a un ritmo diferente. Bastó un cálido beso de mi amada para comprender que ya estaba de nuevo en aquel arrebato, en el remolino vivo de decisiones y eventos. Sofía sabía acariciar mi alma, sabía persuadirme y yo, con mi corazón acartonado, me deshacía ante ella. 

Llegó el fin de semana y con éste el evento al que yo nunca hubiese ido de no haber sido por Sofía, mi bella Sofía. 

-Sepan todas que Rouge, la artista inigualable, ha estado trabajando toda su vida en esta su obra, su primera y última obra. Porque para ella, la génesis y la consumación siempre son presente, siempre están sucediendo. Ustedes vivirán su propio nacimiento y su propia muerte en esta su magna obra. Ella les estará observando y ustedes a ella a través de su creación artística. No es necesario que la vean fisicamente, siempre hay otras formas de conocer. 

La mujer presentadora exaltó por varios minutos las cualidades de Rouge a la que nunca vimos en persona. Habló de la formación académica de la artista y demás datos mínimos sobre su vida. Pronto se retiró agradeciendo nuestra participación. 

La habitación se sentía fresca, tenía un olor agradable, las paredes eran blancas, el suelo y el techo también lo eran. Todas permanecíamos en silencio en espera de lo incierto, de aquello que no puede esbozar en tu mente porque se encuentra oculto e indescifrable. Sofía tomó mi mano y frotando sus dedos con los míos me tranquilizaba. La espera duró unos segundos. Pronto, de una pequeña cavidad en la pared se escuchó la voz de la experimental artista diciendo: vuélvanse locas y disfrútenlo, queridas. Se apagaron las luces y se disparó un sonido sumamente agudo, como un alfiler entrando por los oídos. Inmediatamente  un sabor amargo me invadió la boca, sentí ganas de vomitar y...ahí comenzó todo. 

Cuerpos celestes eran las mujeres que compartían la habitación conmigo. Podía verlas a todas, yo era consciente de las imágenes: sus rostros, sus vestidos blancos. Pero la piel de todas ellas incluyendo la mía se tornó multicolor: estrellas y galaxias. La habitación de pronto se convirtió en el universo mismo. Ya no había paredes, ni suelo, ni techo, parecía como si estuviésemos suspendidas en la nada. Me acerqué a Sofía para saber lo que ella estaba percibiendo y ella casi susurrando me dijo "somos presente". 

Supe que veía lo mismo que yo. Juntamos nuestros labios y una explosión estelar nos separó. Salieron más astros de nuestros cuerpos, luminosos, vivos. Era tanta energía que percibí en esa habitación que no pude con ella. Súbitamente, un calor, a punto de ebullición, se clavó en mi nuca. Comencé a sentir miedo, angustia, desesperación. Ya no quería estar ahí; sentí que el efecto ya había durado demasiado. Sin embargo, mi cuerpo continuaba explotando en luces de colores, aquello se convirtió en algo imposible de disfrutar. Las mujeres reían, escuchaba su alegría y me parecía perverso: risas desbordadas que no ya compartía. Como pude, me senté en el suelo aunque tuve la sensación de estar sentada en el vacío pues no percibía las dimensiones; y cerrando los ojos para no ver más aquel espectáculo con pretensión de ser el Big Bang moderno, me lamenté... 

“Oh, Sofía, por qué decidiste traerme, por qué tienes esa capacidad de convencimiento, por qué me vuelvo tan débil a tu lado…” -movía mi cabeza de un lado a otro en un absurdo intento por disipar la droga sonora. 

Me percibía fuera de mí, más allá, lejos, inalcanzable, viví mi génesis y después mi consumación (la artista lo había logrado, su experimento había funcionado). Me estaba yendo de este mundo, apagando de la llamada realidad, me despedía de esta vida a la que nos aferramos con tanto capricho, como si fuésemos la gran cosa. Era un sentimiento de desesperanza, una sensación de no estar en ningún lado, de no formar parte nada, de sentir que me hundía en el vacío y nada ni nadie haría algo por mí. De lo ocurrido después, recuerdo poco. 

Ahora, el efecto Big Bang no me abandona. He tomado toda clase de medicamentos, me han hecho toda suerte de estudios. Tal parece que no hay cura para las mentes que han explotado, para la mentes que han padecido el abandono de sí mismas, tal parece que me he quedado suspendida en el experimento. Continúo viendo universos. Permanezco en un estado de indiferencia, me encuentro en esa ilusoria línea entre la génesis y la consumación; entre la realidad y la metáfora. Sofía, Marta, Viviana, Jana, Carmen, Paulina: todas me parecen iguales, polvo de estrellas. Soy incapaz de observar las particularidades. 

Me pregunto si a caso algún día volveré a ser quien fui. Si mi mente dejará de proyectar esas imágenes tan fuera de este mundo. Cierro los ojos para no tener que verlo Todo, me parece que ciertas maravillas deberían administrarse en pequeñas y controladas dosis. Lo inconmesurable debería estar reservado para la muerte, solo así podría soportarse.  

lunes, 5 de enero de 2015

7 de julio de 2013


Mi querido:


Antes que las letras tomen forma, escribo una disculpa noble, transparente y un tanto avergonzada. Y ésta se ofrece a razón de no haber dicho Adiós antes de partir.
Sí, huí como lo hacen los que están acostumbrados a la renuncia; una justa razón me orilló a cometer el actoEn breve te hablaré de ella.

Decidí escapar porque, de pronto, el mundo fabricado en que nos encontrábamos tomó un tono gris. Y dirás tú que el gris es la mezcla del negro y el blanco –por lo tanto es armonioso pero no me refiero a esa mezcla de color que dominamos tan bien; sino al tono que nos remite al desgano, al aburrimiento y apatía. La ilusión caminaba como floja,  la esperanza tenía la mirada perdida. Habíamos dejado de sonreír...

Mi cuerpo se volvió blando, dudoso, ciego: un cuerpo torpe que combinaba con la atonía de aquel mundo. Mi rostro hacía extrañas muecas como si quisiera sonreír. Temblaba por las noches, abrazaba sin abarcar, escuchaba a medias... Una dura existencia para un corazón apasionado que no disimula la tristeza.
Lo más pesaroso llegó una mañana cuando sin ojos desperté ¡sí! sin ojos. Tal vez mi alma devastada y deshidratada los extirpó por la noche para que el camino que pisaba no fuese visto más. Puedo interpretar que los ojos eran ya innecesarios ante el panorama desolador.

Cuando me di cuenta de que aquello era real !corrí¡ ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Decirte que el día me despertó sin ojos? ¿Que te prepararas para tu nuevo papel de lazarillo? ¡No! No ni nunca. Corrí tanto que me extravié. Olvidé el miedo y creo que él a mí.

Desconozco el trágico final de ese par de ojos, no los extraño. Hoy tengo otros que ya no requieren gafas. Ocho semanas de sanación: muy dura, has de saber... En seguida, el nuevo par comenzó a nacer y una gran alegría me abrazó.

Este mundo es diferente, Aquí nadie me persigue ni siquiera yo misma; los fantasmas han quedado atrás. Me he perdido tan bien que no he podido, ¡no han podido encontrarme!

He comenzado a reconstruir: ahora todo es más colorido y audaz, con música para soñar, letras sencillas: un lenguaje universal. He conocido gente de tan noble corazón con quien comparto la vida. Respiro despacio y miro los ojos de todos ellos que también fueron ciegos.

Tal vez un día, sin quererlo, me halles, nos hallemos. ¿El lugar? no lo sé; quizá debajo de una roca en Nayarit o nadando en el mar de Tulúm. Puede que nos encontremos trepados en un árbol de la selva en algún lugar del mundo. O ¿acaso nos reencontremos bebiendo agua de las cascadas de Amatlán? Todo es posible. Hay tiempo para imaginarlo.

Cuando llegue esa época te presentaré este mundo tonto, loco, enamorado y rebelde, más cambiante que constante. Te mostraré lo bien que se vive sin ataduras. Lo cálidas que resultan las noches de luna plateada. El buen vino que se bebe en estas tierras y el eco de las guitarras que resuenan pasadas las diez.
Te enseñaré a qué huelen los sueños cuando no son de uno. La palabras escritas de los poetas rupestres. Las ganas que traen los días de morir sin dejar huella. Las ideas de los hombres y las mujeres, que se quedan grabadas en cientos de libros.
Si algún día nos reencontramos, querido mío, solo si eso ocurriese, sabríamos empezar de nuevo sin vergüenza ni nostalgia, contemplando nuestro breve espacio y nuestros diminutos cuerpos en esta gran inmensidad. 

No te busco, no me busques. Dejemos  que la vida nos reúna. Hace falta valentía para soñar y, amor para no impacientarse.

¿Sabías que el cariño no se extingue? Es una llama que arde y que toma diferentes formas. Todas ellas son besables. Me lo han dicho aquí y lo creo ciegamente (sin estar ciega ahora ya).

Me despido enviando una profunda y sincera caricia: apapácho tu corazón cercano siempre a mí. 


Sofía

                                                                  



jueves, 7 de agosto de 2014

Tan humano...


Para los condenados a muerte y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna 
en dosis precisas y controladas.

Jaime Sabines 


Cae el velo sombrío, acaece la noche. Oscuridad y humanidad se enfrentan, no se compenetran: hace dos días que falta un espejo en el cielo nocturno: la luna. Nunca la negrura había causado tanta pesadez, dolor, angustia, melancolía, desasosiego…

El duelo es enfrentado de diversas formas; cada región del planeta lo vive a su manera. Científicos de todo el mundo han decidido reunirse para trabajar en conjunto: un suceso inexplicable merece que la humanidad se una.

Parece que el mar ha comenzado a convulsionarse, también él padece la nostalgia del abandono. El cielo nocturno es  tan negro e insípido que no se sabe dónde comienza ni dónde termina: un gran telón azabache. Escasas y artificiales luces nos recuerdan que el planeta no está completo. Se puede respirar el deseo vehemente, de la población, de que amanezca; el día ofrece seguridad.

¡La luna se ha marchado! –a punto de llanto, una mujer grita con furia como suplicando que alguien le contradiga.

Y cómo no se ha de ir si estamos en constante guerra, destrucción, odio… –un hombre se aventura a exclamar (acostumbrado a la renuncia) –. Este planeta es digno de que su único satélite natural, se esfume. El sol también lo hará y la vida en la Tierra se acabará. Estamos al borde del colapso.

Es momento de hacer conciencia se oye a lo lejos–. Esto es una prueba para la humanidad. 
   
Sigo mi camino, haciendo caso omiso a los comentarios, con un aire de culpabilidad, sintiendo el peso de los hombres y mujeres que han quedado suspendidos en la incertidumbre. En sus ojos se refleja el miedo: siempre nos asusta lo que no podemos controlar ni denominar.

Los poetas, confusos, escriben versos para ella; le imploran un pronto regreso, la exhortan a volver. Los boleros invaden las calles, siempre hablando de la luna, la cuestionan, le cantan a la ausencia. Charlatanes salen a las avenidas principales voceando su contacto con la luna; cada cual tiene un motivo de su partida. Niños y ancianos enmudecen por la noche, no hay razón para hablar.

Regreso a casa, cabizbaja, lamentando mi cobardía y mi egoísmo.  Advierto mi delito y mi corazón se hace añicos, pero… soy mortal y soy breve como todos vosotros. También obedezco a mi frenesí. 

Todo esto sucede en tu ausencia le digo. Allá fuera es un caos. Nadie sabe lo que ocurre.

Y allí está ella, silenciosa, tan radiante y hermosa. Es mucho más bella cuando la tienes enfrente, con todos esos cráteres desiguales. No hay ningún conejo, os lo digo yo que la he visto muy de cerca. Tampoco tiene un sabor a queso, confieso que la he probado con la punta de la lengua. No le he hecho daño.

Tengo en mi casa un cuerpo celeste, de 4500 años, según mis fuentes. Nada más humano que sentirte especial entre todos los demás. Mientras yo la contemplo, perdiéndome en su color platinado, la humanidad está terriblemente desconcertada. 

Sí, la he bajado en un momento de angustia, de desolación. Quería compañía (quizá me he excedido). He privado al mundo de la luna. Ahora no sé cómo regresarla ni siquiera recuerdo cómo la rapté. Jugar a ser Dios resulta peligroso. Es tan terrenal tomar decisiones guiadas por pasiones. No deberían juzgarme: el mundo ha perecido por determinaciones similares.

Me recordarán como la mujer que, para no hacer frente a su soledad y hundida en la pesadumbre de sus emociones, bajó la luna –única compañera y fiel espejo de todos aquellos que desean reflejarse en ella. 

No me sentencien, llegará el día en que la angustia y el miedo correrán por vuestro blando cuerpo y un impulso os hará robar el Sol o las estrellas, tal vez un planeta, animales exóticos… ¿Cuál es la diferencia entre bombardear un país entero y robar la luna? Nuestro más fuerte deseo es el de querer comernos el Universo, un deseo que jamás se extingue.


Ahora yo tengo el satélite natural de nuestra Tierra y vosotros, las tinieblas. 





martes, 20 de agosto de 2013

Colectividad enmudecida


Sale el negro, puntual, a pegar su cartulina que dice “bien serbidos”. Cree que el éxito mañanero es gracias a este cartel. No se da cuenta que lo que cautiva, en sí, es la salsa verde y, que ni están bien servidos ni está correctamente escrito el cartel. Arriba, en el toldo, se lee: Tacos del Güero. Miles de puestos de tacos incluyen la palabra güero en el toldo; no es tan especial “el gran negocio familiar” como lo cree el negro.

Mientras tanto, la hora del desayuno para los trabajadores de la fábrica SIN NOMBRE, ha llegado. La mayoría opta por los “bien serbidos”.

Cada mañana, como parte de una especie de ritual, los trabajadores se mofan, en complicidad, de la ortografía del cartel, de la paradoja que resulta el negro-el güero y del tema de los tacos bien servidos. La verdad es que nadie se atreve a opinar ni a sugerir un cambio de cartel con correcta ortografía.

Ya en el puesto de tacos, los obreros de la fábrica SIN NOMBRE se amontonan. Todos tienen sesenta minutos para desayunar y el tiempo corre. Se pisan, gritan, piden su orden. La salsa verde es poca y no todos alcanzarán a probarla. El negro es incapaz de observar que la verde se termina antes que la roja. Ningún trabajador le sugiere que haga más de la primera y menos de la segunda.

Sofía, apresurada, se alista para ir a trabajar. Se le ha hecho tarde y sabe que eso es catastrófico: la hora del desayuno en la fábrica SIN NOMBRE ha llegado. Diez minutos bastaban para no tener que pasar por el conjunto de hombres con aliento a cebolla recién cortada. El callejón donde se encuentran los obreros es la única vía para llegar hasta su automóvil. “Es increíble cómo me gusta hacer las cosas tarde, siempre tarde” –se repite para sí misma.

Estando lista sale, cierra la puerta, echa llave y, un ojo al callejón: primero el lado izquierdo, luego el dere... ¡Oh! El derecho le causa problema: un dolor le penetra el cuello. Detiene un momento la escena presente y su mente regresa a la habitación, visualiza aquella almohada gigante, dura y odiosa, en la que descansa su cabeza. Su desidia no le ha permitido comprar una nueva. Podría haber evitado tortícolis en momentos de tensión como ese. “Es increíble la pasividad con la que, a veces, me conduzco” –se repite. Después de gastar su escaso tiempo en aquel diálogo interno, recuerda lo terrible que es pasar por ese callejón repleto de hombres; decidida comienza a caminar. 
  
Poco a poco se va acercando a los trabajadores de la fábrica SIN NOMBRE, con un paso apresurado, sus tacones delgados suenan como el tic tac de un reloj, un reloj que recuerda lo tarde que se la ha hecho.
“¿Me permiten pasar, señores?” –en tono decidido y seco, Sofía alza la voz. Ella solo ve un montón de hombres con rostros borrosos: juntos, son un obstáculo con la misma ropa, que hay que saltar.

Los obreros la miran, un escaneo general nada ambicioso. Sofía, en cambio, se observa a sí misma en los rostros borrosos de aquellos trabajadores. Se ve delgada y con tacones ruidosos, débil; se ve opuesta, con prisa y temerosa. Se imagina siendo humillada con todas esas frases obscenas que ha escuchado a lo largo de su vida. Sabe perfectamente que un hombre, en presencia de otros, puede sacar lo más grotesco de su ser al dirigirse a una mujer. Les llaman piropos, se reciben con desprecio y escozor. Ella está dispuesta a lanzar un par de palabrotas en su defensa aunque sabe bien que escuchará risas y eso le irritará aún más.

Los trabajadores abren un camino para ella. Sofía pasa en medio de miradas masculinas, se escuchan sorbos de refresco, succiones intensas de fluido nasal –la salsa es muy picosa–, se oye el taconeo nervioso…


Sale del camino lleno de miradas, impecable, sin necesidad de defensa. Los obreros de la fábrica SIN NOMBRE no dijeron ni una palabra; quizá tenían demasiado alimento en la boca o, prefirieron callar.



sábado, 8 de junio de 2013

Una pesimista optimista



Es verdad que tenemos lo uno: un panorama desolador.

Despertamos destinados a recordar una serie de números con un mismo orden pero diferentes cada día: cero cinco del cero seis del trece. Así nos incorporamos a la vida colectiva e iniciamos la serie de tareas que nos corresponden. Cada quien cumple su papel en la obra y es necesario actuar de prisa, pues son muchas las actividades a realizar o, en todo caso, de querer realizar.

Caminamos con el cuerpo flojo, en automático, en un mundo lleno de necesidades que esclavizan. Nuestra sociedad, enajenada con los “objetos útiles” de uso y deshecho, adora el comercio; independiente, popular, ilícito, internacional, cualquiera es bueno y deseable. Lo primero que se vende y se compra es el hombre mismo, su fuerza de trabajo. El hombre ya no aspira a expresarse como hombre, hemos olvidado lo que es ser sujetos.

Y ni hablar de los estímulos tecnológicos que nos tienen enredados, nos amotinan en cubos para hacer nuestros deberes desde un sillón, nos restan obligaciones, cadenas de interacción todas virtuales. Besos tecleados...

Y pese a todo esto, también es cierto que existe lo otro: voces pasadas en formas de ecos, palabras y raíces, una comunión natural entre el hombre y la cultura, una necesidad de expresar, en lo vivo, cualquier deseo libertario. Existen revoluciones cada instante: almas, mentes, cuerpos, siempre rebeldes. Arte en la vida y vida en el arte: expresiones, creaciones, danzas indomables, pinturas frescas, sabores, aromas, versos oprimidos jamás silenciados, sed de lucha, amaneceres casi perpetuados en fotografías pero siempre vivos para observarse. Todo esto, que en nada es estimado, existe con fuerza. Basta voltear la mirada para llenarmos de ello.